sábado, 13 de febrero de 2010

Esos románticos ambientalistas

ALEJANDRO CANUT DE BON

Abrazar la causa ambiental es políticamente correcto. Escribir para abogar en pos de no intervenir la naturaleza, de preservarla y mantenerla prístina y alejada de la mano del hombre es artículo o columna segura de aplausos públicos desde hace ya tiempo. Por el contrario, decir que en un valle escasamente tocado por el hombre es quizás posible construir una industria, empresa o represa, equivale a buscar -de manera también segura- la condena pública.
Y cómo no, si ser romántico siempre ha sido bello. Es como el concepto del “buen salvaje” de J. J. Rousseau, o como -en otras arenas- la figura del “Che” Guevara estampada en la polera. Suele encantar a los jóvenes que, más inconsciente que conscientemente, adhieren sin recelo a la causa. No cabe ser racional frente a ella. Sólo cabe –para muchos- entregarse a su magia, como si se tratase de un dogma moderno.
En muy pocas palabras, el conservacionismo postula que la naturaleza puede y debe ser utilizada en nuestro favor, en la medida que ello se haga responsablemente, protegiendo ciertos equilibrios.
Esto ha quedado patente una vez más durante estas últimas semanas, en que hemos presenciado -en este medio- diferentes opiniones sobre un tema ambiental concreto. No deseo entrar en ese tema particular, pero si en el fondo del asunto, es decir, en nuestra actitud frente a la naturaleza y al cuidado ambiental. Y es que no se puede dejar de sentir que existe una suerte de contradicción en esos jóvenes románticos que, por un lado, aplauden cualquier argumento en pos del cuidado ambiental (incluido los argumentos preservacionistas) y, por otro, gozan -como los que más- de los privilegios de la sociedad industrial.
Y cuando digo “jóvenes románticos”, me refiero a veinteañeros que se oponen a tocar la naturaleza, pero que sueñan con lo que podrán comprar cuando, una vez graduados, se inserten en el sistema; o a esos sesenteros que esperan que su fondo de pensión de la AFP rente un 10% más en el año que viene, sin reparar que esas acciones son de empresas que requieren de la naturaleza y sus recursos.
Algo no cuadra en su discurso, y ese algo -creo yo- es que aún no distinguen entre preservacionismo y conservacionismo y, por lo mismo, aplauden cualquier argumento ambientalista, sin importar su fuente o la filosofía que lo inspira. Por lo mismo, esta columna busca poner atención en dicha distinción, diciendo desde ya que si usted quiere abogar por la causa ambiental –sea desde la tribuna preservacionista o desde una conservacionista- merece toda la tolerancia y respeto del resto. Cada cual con su causa, en la medida que sea consecuente.
En muy pocas palabras, el conservacionismo postula que la naturaleza puede y debe ser utilizada en nuestro favor, en la medida que ello se haga responsablemente, protegiendo ciertos equilibrios que buscan su cuidado y mantención para que las generaciones futuras puedan así seguir gozando de ella y utilizándola a su vez. Es consecuente no sólo con la filosofía del “Desarrollo Sustentable”, sino incluso con esa idea religiosa –verdad dogmática para muchos creyentes- que señala que la naturaleza y su diversidad ha sido creada para nosotros (“Que el temor y el miedo de vosotros estarán sobre todo animal de la Tierra y sobre toda ave de los cielos, en todo lo que se mueve sobre la Tierra y en todos los peces del mar; los que en vuestras manos son entregados. Todo lo que se mueve o vive os será para mantenimiento, os he dado todo” – Génesis 9).
Los preservacionistas, por su parte, deifican a la naturaleza y le entregan a ésta, y no al ser humano, el papel principal, en una suerte de neo-panteísmo. “No tenemos más derechos que el resto de los animales”, podríamos escuchar decir a alguno de estos últimos en oposición a la cita bíblica. No intervenir la naturaleza, o hacerlo a un mínimo, es su consigna, aunque ello cambie el sistema económico y cultural que tenemos. Su texto favorito no sería el Génesis, por cierto, sino -quizás- esa famosa carta que Seattle, el Jefe de los indios Suwamish, dirige al Presidente de los Estados Unidos en 1855, en respuesta a la oferta de este último de comprar sus tierras.
Le expresa, entre otras cosas: “El Gran Jefe de los Estados Unidos, en Washington, nos manda a decir que desea comprar nuestras tierras. … pero no terminamos de comprender como podéis comprar o vender el cielo o el calor de la tierra. Esa idea nos parece extraña, curiosa, difícil de asimilar. No somos dueño de la frescura del aire ni tampoco del centelleo de las aguas. ¿Entonces, como vais a comprar la tierra a nosotros? Habéis de saber que cada partícula de esta tierra que es de todos los hombres, es sagrada para mi pueblo…”
Y aunque el tema parezca a ratos teórico, el hecho es que la diferencia entre estas dos corrientes plantea un sin fin de distinciones en el día a día. En el fondo, la esencia que diferencia a unos y otros no es detalle, sino que es gran parte del mundo cultural que nos rodea. Por lo mismo, no hablamos acá de consumir menos combustibles fósiles y evitar el calentamiento global (cosa con la cual todos estamos de acuerdo), ni de cuidar a las especies en peligro de extinción y luchar contra la caza de la ballenas (con lo que también estamos todos de acuerdo), sino que hablamos de un cambio mucho más profundo que, en definitiva, afecta la forma de vida que tenemos.
Como dije anteriormente, sea usted conservacionista o preservacionista merece tolerancia y respeto. Pero por favor sea consecuente. No venga a aplaudir argumentos preservacionistas, ni a criticar públicamente a quien se atreva a plantear la posibilidad de estudiar racional y responsablemente la explotación y utilización de un recurso natural (aunque sea en un valle prístino y aún intocado por el mundo industrial), mientras goza de los privilegios que esta misma sociedad industrial le provee dándolos además por garantizados, o mientras espera que su fondo de pensiones rente más y más año a año. Ello es contradictorio. Es como adorar al Dios del Génesis y ser panteísta a la vez. Simplemente, no pega.

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